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Historia| Costumbres  
       
  Fuente del Moro y su “Jira”  
 

A las tres comenzaría la música y los concurrentes dedicarían el resto de la tarde al baile y, en el descanso de los músicos, a diversos regocijos en los que participaban alegremente personas pertenecientes a todas las clases sociales, sacando, como es natural, el mejor partido de estas manifestaciones de júbilo la gente joven.
El Ayuntamiento, siempre atento a todas las contingencias que pudieran suscitarse con la presencia de tanto público seguiría presidiendo la fiesta, pero dejando libertad de improvisación a los asistentes que la dotarían del carácter popular que aun conserva, siendo muy agradable todo su desarrollo.
Al otro lado de la todavía inexistente y hoy desaparecida vía del ferrocarril, se encontraba una especie de salón amplísimo, rodeado por corpulentos árboles que le daban agradable sombra concentrándose allí el  mayor número de danzantes.
Acercándose la noche se emprendería el regreso a la población, siendo una comisión municipal quien se encargaría de organizar la cabalgata. La Corporación, había invitado a presentar carrozas engalanadas y representativas a los gremios de agricultores, comerciantes e industriales para que acompañaran a la construida por el Ayuntamiento, pero al no responder a su llamamiento, la carroza municipal, en la que tomaron asiento todos los concejales, sería la encargada de cerrar la marcha, siendo inmediatamente precedida por la “Banda Municipal” que dirigía el Músico Mayor D. Sotero Besga, y delante de ésta empleados municipales y, vigilados y dirigidos por estos, algunos vecinos que se habían repartido las 24 antorchas que  habían sido adquiridas en el comercio “Plácido Juaristi y hermano” de Logroño pagándose por ellas 36 pesetas.
El éxito, que fue espectacular, haría que, en lo sucesivo, el acto fuese el cierre de las fiestas septembrinas, acordándose que se celebrara el domingo siguiente a la finalización de la feria, para que de esta forma participase el máximo de jarreros que no habían podido disfrutar de los festejos.
Durante los años 1892 y 93, los gastos producidos por los ágapes de los munícipes harían que en 1894, año en que no se celebraría ningún acto festero por falta de presupuesto, fuese suspendida como festejo oficial, recuperándola en 1895, año en la que nuevamente los gastos de la Corporación en la pradera hicieron desbordase el presupuesto festero, ya que en sesión celebrada, bajo la presidencia de Ildefonso Pisón, el día 24 de octubre de 1895, se hacía referencia a una moción firmada por los ediles D. Romualdo Mendoza, D. Victoriano Prieto, D. José Pacheco, D. Valentín Retes y D. Juan Silva, en la que exponían:
“Que atendiendo a los excesivos gastos ocasionados al Municipio con la Jira oficial que tuvo lugar el último día de la feria. Proponían se acordase que quedase suprimida oficialmente de modo que nunca pueda constituir parte de los festejos.
La Corporación acordaría que el asunto quedase pendiente de discusión para cuando el Ayuntamiento tratase la organización de los festejos de la feria del año siguiente”.
Pero, como todos los años comprobamos, la “Jira” continúa celebrándose, con la única particularidad del día de la semana en que se desarrolla, y es que desde 1915 la costumbre de hacerlo en domingo quedó abolida al proponer y conseguir el edil D. Segundo Ogueta que se festejase el miércoles día 15, dando pie a que pudiera celebrarse cualquier día laborable.
En un principio la música que la Banda de Música interpretaba al regreso a la población sería la famosa Retreta militar, viéndose incrementada en 1930, año en que el Músico Mayor D. Miguel de la Fuente incorporaría “El airoso”, marcha militar de D. Eleuterio Cobos que sería adaptada para la “Bajada” que se celebra en Portugalete el día 16 de agosto, festividad de San Roque, por el fundador y Músico Mayor de la Banda Municipal de la villa jarrillera, el cuzcurritaíno D. Marcelino Amenabar.

Volviendo a la fuente y a Aben-Harr, una de sus anécdotas más señaladas, se produciría el 23 de marzo de 1896, cuando cuatro individuos causaron graves daños arrojando al suelo su figura, rompiéndose dos dedos, y destrozando el pilón. Los gastos de la reparación correrían a cargo de los gamberros, a los que se impondría una multa de 25 pesetas a cada uno. Castigo que no sería del gusto de todos los ediles, ya que D. Romualdo Mendoza pediría más severidad, llegando a solicitar su ingreso en prisión.

 

 
       
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