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Historia| Costumbres  
       
  Fuente del Moro y su “Jira”  
 

Sin lugar a dudas si existe un paraje emblemático y visitado en todas las épocas del año por su agradable entorno y tranquilidad, ese es Fuente del Moro.
Situada entre el prado de Fuente Nueva y el Batán, su existencia se remonta a tiempos pretéritos apareciendo oficialmente citada en varias actas municipales, siendo en el libro de cuentas rendidas por el Mayordomo D. Sebastián de Izaguirre en 1782, cuando se refleja la cantidad invertida en su reparación: “Se pagaron 245 maravedíes por el gasto de la composición de la fuente que llaman del Moro”.
En 1849, es citada en la 2ª condición impuesta a Mateo Puelles, al ser nombrado pastor de la dula, que le responsabilizaba de los daños que el ganado pudiese causar en la fuente y su entorno.
Hasta avanzado el siglo XIX se encontraba unos metros más arriba, en su propio manantial, siendo en el, entonces, pequeño prado que la rodeaba donde se celebraría la romería del día de San Pedro en 1873, 1874 y 1875, años en los que no se pudo acudir a Bilibio a consecuencia de la III Guerra Carlista.
En 1878 se sometería a una gran reforma, trasladándose a su actual emplazamiento, siendo inaugurada el día 24 de junio por el Alcalde D. Indalecio Anguiano Aurtenechea y el Regidor Síndico D. José Buesa Sanz. Acto que contaría con la presencia de numerosos jarreros que disfrutaron de la música de la Banda “Unión Artesana”, que dirigían D. Rafael Baya y D. Pascual de la Iglesia, según consta en un libramiento del día 19 de septiembre del mismo año.
Para su compostura, según proyecto del Maestro de Obras D. Juan García Ros, sería el cantero de la villa D. Marcelo Villar Delgado, con un presupuesto de 12.500 reales, quien se encargaría de realizar una pequeña plazoleta con asiento de piedra corrido a la vez que colocaba, justo en el centro, una pilastra a la que sirve de base una fuente de cuatro caños que, tapados por debajo, hacen la labor de vasos. El agua vertida caía en cuatro arquitas que servían para dejar bebidas a refrescar, siendo rematada por una figura de bronce diseñada por Felipe Pérez, que representa a un moro de nombre Aben-Harr, sentado a su usanza y con un jarrillo en su mano izquierda, realizada en la fundición Goitia y Cía, de Beasain, y que miraba al noroeste hacia una gran mesa de piedra con sus asientos y cabecera que sería encargada por el Ayuntamiento en su inauguración.
En el mismo año de 1878, Casimiro Lucio se encargaría del acondicionamiento del camino que la unía con la Vega, recibiendo 1.694´04 pesetas por los jornales devengados a los dueños de los carros y peones que se emplearon en el acarreo de grava.
El día 7 de abril de 1890, el señor Ocina informaba del lamentable estado que presentaba la fuente, siendo necesaria una urgente restauración. Propuesta que sería apoyada por el Regidor Síndico D. Francisco Suso, pero añadiendo que sería conveniente, antes de acometer gasto alguno, que una persona experta y competente examinara el problema que presentaba, ya que los arreglos realizados con anterioridad no habían dado el resultado apetecido. Y a propuesta del Primer Teniente de Alcalde D. Emilio Fernández Baquero, se aprobaría que, una vez que el Ingeniero de Sección de Obras Públicas de la Provincia encargado de supervisar el ensanche del puente del río Tirón, D. Alberto Machimbarrena, finalizase este cometido, pasase por la fuente para realizar un estudio que diese con la solución a las continuas inundaciones que registraba.
El lunes 14 de septiembre de 1891, y como una de las medidas que D. Emilio Fernández Baquero había adoptado para revitalizar la feria de la Virgen de la Vega, se celebraría la primera “Jira” a “Fuente del Moro”, donde el Ayuntamiento ofrecería un banquete a mediodía en la mesa de piedra que hay junto a la fuente, asistiendo, invitadas las demás autoridades locales.
Muchas familias distinguidas también acudirían con sus comidas, degustándolas instaladas a la sombra de los árboles, bajo toldos de lona o al resguardo de alguna tienda de campaña, adquiriendo el hermoso paraje, aun no ocupado por el ferrocarril Haro-Ezcaray y los huertos comunales, un aspecto de animado y alegre campamento.
Para satisfacer algunos caprichos de los asistentes se instalarían puestos de venta, también excelentemente surtidos de artículos de comer y beber, que servirían para suplir las imprevisiones de una muchedumbre en fiesta cuya animación se incrementaría por la tarde con la multitud de gente que iría llegando, portando la merienda, por todos los caminos.

 
       
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