|
|
|
No hacía mucho tiempo que se había producido el óbito de Félix, cuando los habitantes de Bilibio y pueblos limítrofes, comenzarían a visitar la cueva de los Riscos en la que se encontraban enterrados sus restos con la única intención de reconocer y tributar culto a la incuestionable Santidad que los hechos en vida y su protección a la comarca, tras su muerte, habían otorgado al anacoreta.
En sus comienzos, las visitas fueron desorganizadas, a criterio de cada peregrino, tanto en hora como en fecha, soportando, en muchas ocasiones, las dificultades que la soldadesca del castillo imponía, ya que estuvo ocupado en varias etapas hasta 1301. Pero tal cúmulo de impedimentos y molestias generados por la refortificación y ocupación del castillo para combatir la invasión árabe, que en nuestro territorio sería hacia el año 712, no impediría la afluencia de fieles, aunque si la iría minorando, notablemente, hasta que el Abad Blas decidió y consiguió llevar los restos de Felices al Monasterio de San Millán.
Consumado el traslado, los habitantes de los pueblos comarcanos se dieron cuenta de que, aun pasados muchos años, todavía contaban con la protección del Santo, hecho que incrementó el espíritu peregrino, animando al pueblo y Concejo de Haro a organizar, de forma oficial, la romería antes de 1462 , ya que una reseña de este año refleja “Que mandaron dar a Abrahin, tamboril, por que tanio en el día de San Juan e San Pedro, veinte maravedies”. Y en 1465, “Ítem que di al gaitero de su salario porque toque bien la gaita en las alboradas quatro fanegas de trigo” . Apuntes que demuestran la existencia de la fiesta y la diana para celebrar la peregrinación a los Riscos de Bilibio.
Desde sus comienzos, esta festividad fue eminentemente religiosa y existieron penitentes, todavía a finales del siglo XIX, que subían arrastras o descalzos la cuesta, comentándose que el primero que ese día llegase a la ermita y comulgase, conseguía Indulgencia plenaria. Con el paso de los siglos, fue convirtiéndose en una fiesta más bien pagana, siendo poco antes de entrar en el siglo XX cuando comienzan a realizarse los llamados “bautizos”, que así denominaban sus asistentes a los remojones de vino, acciones no del gusto de todos, como se pone en boca de D. Manrique en la Refundición del sainete ¿Eh, ¡á Bilibio! de 1907, o como, entre otras cosas, deja entrever una coplilla publicada en 1932 en el periódico San Pedro nº 2, bajo el título “Romance de un corto de vista -no ciego-”.
:
Fiestecica de San Pedro
de tan dichosa memoria
estás perdiendo tu brillo
y también tu justa gloria,
al no acudir las jarreras
-que antes acudían todas-
por mor de cuatro bellacos,
cortos de ingenio y de gracía,
que con sus botas de vino
el rostro y vestidos manchan.
Pensamiento apoyado por el corresponsal del diario La Rioja, que en su crónica sobre la romería de 1932 decía que, este mal gusto de rociarse con vino era el motivo de que la fiesta no resultase todo lo brillante que fuera de desear y de que las muchachas, en su mayor parte, se retrajesen de acudir a ella.
Pero el tiempo ha quitado la razón al articulista, ya que el vino, utilizado como munición, es la esencia de la fiesta, y el sexo bello, con la comodidad de las nuevas vestimentas, volvió a ocupar su lugar en la romería para devolver con agilidad los “bautizos” a quien ose salpicar su figura. Y es que su presencia siempre había sido imprescindible y muy participativa, algo incuestionable para Alejandro Lacalle y que refleja en el original del sainete ¿Eh, ¡á Bilibio! de 1893, y Hergueta “...la animación más indescriptibles domina en todo el camino, a lo que contribuye mucho el sexo femenino, aficionadísimo a estas diversiones” .
Otro dicho sin ninguna clase de fundamento es el que se atribuye a una sentencia que dictaminaba, que de no colocar el Pendón en lo más alto de los Riscos de Bilibio el día de San Pedro, estos pasarían a ser propiedad de Miranda. Repasados todos los litigios y sus sentencias entre Haro y los otros dos pretendientes al dominio de montes y pastos, Monasterio de Herrera (15 pleitos) y Miranda (6), no existe ninguna cláusula o estipulación que contemple tal precepto, pudiendo asegurar que se debe a una ocurrencia, muy posterior, de algún imaginativo jarrero que de esta forma quiso rememorar antiguas pendencias entre las dos villas.
|
|